El pausado ascender de una sombra magenta sobre las carcomidas fachadas marcaba el andar lento de la tarde. Era algún día de junio y el habitual resplandor punzaba la vista a través de cualquier superficie capas de reflectar la luz. La diferencia en cuanto a temperatura entre el centro de la ciudad y la estación de trasporte era considerable. Mientras el centro solía permanecer fresco, la estación en la colina ardía en llamas a cualquier hora del día, e incluso, una vez caída la noche.
El polvo nunca reposaba en el suelo. En su lugar, deambulaba a lo largo de toda la avenida cual si fuese un espectro color ámbar translucido. La avenida definía la frontera entre el centro y los barrios mas pobre de la ciudad hacia el oeste y era además la última calle pavimentada en esa dirección. Los pesados vehículos de transporte la cruzaban de un lado a otro; dejando un fuerte regusto a melancolía tras su atronador rastro y haciendo danzar al polvo de forma frenética.
En la noche los alrededores de la estación quedaban completamente desolados. Incluso los vagabundos y vendedores ambulantes que abundaban durante las horas del día, desaparecían cuando ya no había mas luz. Una vez agotado el frenesí de las 6 de la tarde, horario en que concluida la jornada laboral los trabajadores regresaban a sus casas, la afluencia de personas caía en picada hasta quedar reducida solo al guardia en la puerta principal y algunos infortunados pasajeros con la necesidad de pernoctar dentro de la estación. Siempre algún enfermo, siempre algún hombre de aspecto grotesco; cual si la mala suerte al viajar estuviera relegada a los estratos más bajos de la sociedad. Una escuálida e indecisa comitiva de luces frías los iluminaba por igual a todos desde el techo.
Así transcurrían las noches por allí e Ignacio las conocía muy bien. En mas de una ocasión le había tocado esperar el alba bajo aquellas circunstancias. Por eso apuraba el paso calle arriba con la esperanza de no tener que pernoctar una vez mas en aquel lugar. Avanzaba casi corriendo. En la espalda la mochila con los libros, algo de ropa y un desodorante marca sport de etiqueta azul. Vestía ropa otoñal a pesar del agobiante calor. El descotado cuello del suéter a rallas ofrecía al resplandor la parte superior del pecho, tornándola irritada, como los muslos de un gallo de pelea. En sus huesudas manos de articulaciones rígidas y notorias, un manojo de papeles. El pelo largo recogido hacia atrás en una cola caía sobre la mochila, donde en varias ocaciones quedó atorado al intentar quitársela de forma brusca, arrancándose varios cabellos de una vez. Entonces maldecía su pobreza.
Cuando Ignacio entro en la estación el ambiente era desgarrador. Con cuatro de los dedos de su mano derecha retiró de su rostro un mechón de pelo el cual solía dejar fuera de la cola con fines puramente estéticos, dejando solamente algunos cabellos incrustados en la sudada frente, que según alguien que estaba allí contó luego a su mujer, dibujaban una letra china que significaba amor. En la mano izquierda su documento de identificación. Nadie en la taquilla. “Amor, ya el ultimo camión se fue”– dijo una voz femenina desde un taburete recostado al marco huérfano de puerta en la entrada al baño principal. Allí se abanicaba con un pedazo de carton aquella mujer anónima. Ignacio la miró y alzó las cejas en la medida que apretaba los labios e inclinaba su cabeza hacia atrás, arqueando sus hombros, proyectando su débil pecho hacia delante a modo de suspiro, como buscando estirar su corazón.
“Gracias”– respondió.
“Ay vida!”– pensó.
Giró entonces su torso 180 grados, sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. Aún la luz del sol se mostraba sólida y la eternidad se podría concebir en la horas que le aguardaban por delante. Allá, a unos 10 metros de distancia, la puerta principal; un rectángulo a travez del cual podia verse el resplandor naranja de la tarde que agoniza, un color que contrastaba de buena manera con el pálido azul en las paredes de la sala de espera.
Y fue entonces cuando no pudo dar crédito a lo que veían sus ojos. Justo en ese momento, justo cuando el 95 por ciento de su rango visual se mantenía dentro de las fronteras de aquella espaciosa y roída habitación; el estrecho margen de la puerta fue ocupado por el rojo volumen de uno de aquellos vehículos capases de hacer danzar el polvo. Desde la ventana un personaje grotesco vociferaba invitando al abordaje. Era un milagro. Un milagro de hierro y de absurdas proporciones donde cientos de puntos de soldadura casera mantenían en una pieza su inestable carcasa. Un milagro en aquella tarde agobiante. Un milagro por un precio de 20 pesos y efectuado por un peculiar santo bastardo de camiseta azul y piel tostada por el sol; cuyo fornido brazo no alcazaba a mantener oculto el exuberante vello axilar que retoñar a ambos lado del mismo. Un milagro que parecía emerger de los anillos más bajos del infierno. Pero un milagro… al fin.
